martes, 30 de abril de 2024

El fin del fin

Siempre pensamos en los finales como algo triste, hablo de nuestros finales, el fin de una amistad, de una relación y el mayor de todos, nuestro propio fin, la muerte. ¿Pero y el fin del fin? ¿Podría ser nuevo comienzo o, tal vez, la extinción de los finales? No descarto nada. Pero ahora que lo pienso con detenimiento, el fin del fin provocaría, como es natural, lo de siempre, la continuación, saltarían de una historia a otra, ¿sin solución de continuidad? No. Esta vez sería sin final. Quedarían todas las historias abiertas. Podríamos vovler a ser niños, reanudar ese juego inacabado, qué digo ese, todos, ya que no habría ningún fin. Retornarían las caricias maternas, los lametones de mi amigo perro, las alegrías pasajeras, sería el eterno retorno constante o, por lo menos, posible, y el fin del fin haría inagotables los instantes.

Él vino en un barco

Apareció un día en una ciudad costera. Llevaba unas botas muy estrafalarias, decía la gente, pero, si te fijabas bien, sólo eran un puñado de algas. Él vino en un barco con dos agujeros y tuvo que taparlos con sus piernas para llegar a buen puerto. Parecía flotar en todos los terrenos. Remaba con caricias y con besos tiernos. Anunciaba una revolución, decían los más viejos, la revolución del amor. Dejó una estela de abrazos, conoció a muchos marineros, plantó pequeños instantes de alegría que crecieron y se hicieron amistad con el tiempo. Su huella quedó en el recuerdo, su estampa permanece en la memoria y la estela, la amistad, los abrazos, los instantes de alegría giran como una noria o tal vez sea el timón del barco con el que vino, porque él vino en un barco, sí, y fue por ese camino, pero si allí no hay agua abuelo, no importa, él vino en un barco que era su destino y, como los magos de antaño, cambió todo lo que tocaba, nada volvió a ser lo mismo. Los colores, más intensos; el arte, más divino; y el amor se extendió como sus historias, de boca en boca, de puerto en puerto, de casa en casa, de generación en generación, porque él vino en un barco que surca los mares y también los cielos, que navega en corazones, deslizándose por ilusiones, asomándose en cualquier momento. Estad atentos, puede volver en cualquier momento.

El día que me convertí en Señor Nido

Cuando todavía tenía pelo en la cabeza, por lo menos más que ahora, iba a la peluquería a cortarme el pelo. Un día, en concreto el último que fui, me di cuenta de que el peluquero estaba cortándome los pelos de las orejas. En realidad era todavía vello lo que tenía en las orejas porque era más corto y más suave y, en mi caso, además era más rubio y apenas se veía. Según me dijo, ya me lo había hecho varias veces. A partir de entonces empecé a notar que ese vello se endurecía y se transformaba en un pelo grueso y fuerte y también de un color más oscuro. Ya no tenía vello en las orejas sino matojos de pelos descontrolados. Mi hermana me aconsejó que me los quitara con una pinza para que no volvieran a salir, pero seguían saliendo. Fue pasando el tiempo y, un día de mucho viento, en la ciudad donde vivo suele pasar muy a menudo, me cayó un trozo de nido en la cabeza. Vi como dos huevos se estampaban en el suelo. Me quité las pajas y hojas de la cabeza y seguí caminando hacia mi casa. No le di demasiada importancia a este hecho fortuito y continué con mi vida como si nada. El sol salía y se ponía, el patio de mi casa se mojaba como los demás, todas las rutinas y costumbres parecían seguir encauzadas, pero, un día, percibí un crac en el interior de mi oreja. Creí que el sonido venía de fuera, pero luego comprobé que no era así. El día de la ventolera uno de los huevos del nido que se estampó en mi cabeza fue amortiguado por el matojo de pelo de mi oreja y engullido por él. El calor del habitáculo auditivo incubó a la perfección el germen del embrión. El pajarito empezó a piar y, no sé cómo, la madre lo oyó y comenzó a alimentarlo. Se posaba en mi hombro y dejaba trozos de gusanos e insectos en el interior del matojo que desaprecían al instante. Muchas pájaras dejan sus huevos en mí porque se corrió la voz. Si ponen más de cuatro huevos vienen volando a asegurarse que, por lo menos uno de ellos, sobreviva en mi oreja. Y desde entonces soy el Señor Nido.

lunes, 29 de abril de 2024

Dar lugar a ser

Tu presencia en mi espacio vital, mi incursión en tu vida social, sobre todo, los actos revolucionarios de amor donde la caricia es el lenguaje supremo y los besos signos de puntuación que dan elasticidad al proceso de dar lugar a ser. Puede que el conocimiento personal sea la mayoría de las veces a través del otro: cómo aprendemos a amar, cómo queremos corresponder, qué recriminamos que, en definitiva, muchas veces, suelen ser los defectos nuestros que vemos en los otros; los otros son el espejo que nos devuelve nuestros antojos. Dar lugar a ser es dejar expresar el nuevo descubrimiento recibido, las buenas lecciones olvidadas que se activan en la memoria con pequeños gestos, como una sonrisa idónea, puntual, exacta, en el momento justo y, a la vez, quizá, involuntaria. Dar lugar a ser es la actividad amorosa creadora, el resurgir del conocimiento perdido, la cooperación orgánica dando su fruto, el cambio en el mundo. Al igual que una ameba en fisión que se divide y se convierte en dos, en la revolución del amor dos cuerpos, dos seres, se descubren uno a otro, uno en el otro y ocurre la maravilla: dar lugar a ser.

jueves, 25 de abril de 2024

Sitio por explorar

A veces un viaje puede llevarnos a un sitio por explorar, una ciudad nueva donde todo es desconocido es como una ciudad que se crea sólo para nosotros. Pero si lo piensas bien el sitio por explorar somos nosotros mismos. Cómo respondo a la novedad que tampoco es tal pues todo está repetido en todas partes, pero a la vez, aunque sea tu ciudad de siempre es un día nuevo, cada día hace nuevas las cosas, así que siempre tenemos un sitio por explorar, tanto si viajamos como si nos quedamos en casa. Y todavía queda un sitio por explorar, el más interesante: tú. Explorar tu alma, adentrarme en tu corazón, poder encontrarme a mí mismo ahí dentro, porque sé que me llevas en tu corazón y también en la imaginación y, muy pronto, también en la memoria. Explorar tu cuerpo con la vista, todos sus movimientos, la seducción de sus curvas, la instalación de momentos, una relación que se estira donde el tiempo se para, una eternidad es el momento de mirarte a los labios justo antes de que choquen con los míos en un pequeño roce al que bautizaremos como beso. Eso es explorar el deseo, buscar el amor, sellar la amistad, dejar la marca de mi cuerpo en tu cuerpo, explorar tu sabor en esta fusión de encuentros. Hay tantos sitios por explorar y todos están en tu cuerpo.

miércoles, 24 de abril de 2024

Las palomas me esperan

He establecido contacto con un grupo de palomas un par de días a la semana. Conocen mi cara, me reconocen a más de cincuenta metros. En cuanto aparezco por las calles, donde les echo migas disimuladamente, vienen planeando hacia mí, me rodean y esperan mi ofrenda panífica. Es como un rito entre especies aunque puede que seamos de la misma y aún no lo sepamos o solo lo sepan ellas. A veces me imagino que voy a salir volando, que las voy a seguir, que alzaré el vuelo, atravesaré mares y nubes y llegaré a los lugares ansiados y soñados donde me esperan con los brazos abiertos y toneladas de amor. Las palomas me miran inquietas, cuestionándome, no tienen prisa, esperan que les dé su comunión y, después de engullir las primeras migas, comienza una danza de pequeños vuelos y pasitos y contoneos. A veces les hablo, se acabó la manduca o no tengo, se me ha olvidado, y lo entienden a la primera, pero dan un par de pasadas por el cielo sobrevolándome, es como un saludo o una advertencia, no te olvides, algún día serás como nosotras porque nosotras fuimos como tú. Estamos confabulados y, lo que comenzó siendo un enigma, ahora es de lo más rutinario. Las palomas esperan mi vuelo y yo lo estoy planeando.

Mensajes sibilinos

Surgen como setas por el camino. Todo es un misterio, incluso la rutina. Me acostumbro a ver maravillas en el día a día. Me sorprendo y me ruborizo ante los espejos y, a los pocos segundos, siempre me estoy riendo. Ese yo que me observa dialoga conmigo, con el otro que soy, con el ello, con los muchos que soy al cabo de tanto tiempo. Por eso al verme no me reconozco y me sorprendo. Muchos días me despierto creyendo que soy un niño, pero es que soy un niño, solo que el envoltorio ha ido mutando, se ha ido deteriorando, como un regalo que se abre y se vuelve a intentar cerrar con el mismo papel arrugado un millón de veces. Pero volvamos a los sibilinos mensajes. Permanecen ocultos para el inexperto, pero se asoman a las miradas de los revolucionarios del amor. Por eso leo y escribo en las pieles amigas, abrazo como si fuese una película, con intensidad, lanzándome a la aventura de unos segundos eternos en el que dos cuerpos intercambian energía, se recargan de ilusiones, vuelven a la vida, suben al espacio y aterrizan en cualquier esquina. Y los besos, los besos son otra historia porque antes durante y después están llenos de mensajes que proliferan de manera incesante, besos que intentan hablar, que van con música, que llevan arte, que te transportan de aquí a Marte de un lengüetazo, que te susurran una oración inexistente y te hacen santo en un instante. Mensajes sibilinos voy escondiendo por el camino, señalando como si fueran migas un destino incierto pero atrevido. La revolución ha llegado, lo leí en el último mensaje sibilino.