lunes, 13 de julio de 2026

El deseo ficticio

Creemos desear tantas cosas y, sin embargo, muchas de ellas no las queremos, son solo caprichos, cosas que, al comprarlas o conseguirlas, ya ni siquiera queremos usar, o, tal vez, son solo deseos ficticios. Creemos amar a alguien, o por lo menos lo deseamos, y ese deseo ficticio lo generan mucho las redes sociales. Porque deseamos a alguien que está lejos pero, cuando se acerca, nos preocupa o nos incomoda; no sabemos cómo quitárnoslo de encima, y vamos postergando los encuentros. Eso es a lo que yo llamo el deseo ficticio. Querer tener sexo con alguien cuando está a miles de kilómetros, pero buscar excusas cuando lo tienes al lado. Ese podría ser un ejemplo de deseo ficticio. Las apariencias nos provocan muchos deseos ficticios y, las redes sociales, han potenciado las apariencias a niveles enfermizos. Llamamos amistades a personas que no hemos visto nunca y con las que nunca hemos hablado, deseamos cuerpos desconocidos, fantaseamos con aventuras sexuales que nunca se van a producir y creemos que son sueños alcanzables, nos autoengañamos, y, cuando todo puede ocurrir, el deseo ficticio se vuelve excusa, rechazo inconsciente o procrastinación morbosa. El deseo tiene que ser verdadero, igual que el amor, porque sino vamos a sufrir más de la cuenta: sufrir por un deseo que no se puede realizar y luego, sufrir porque se puede realizar.

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