domingo, 14 de febrero de 2021

La vida a examen

Cada cierto tiempo deberíamos examinar nuestras vidas. Olvidarnos de los demás y enfocarnos en nosotros mismos; la crítica, principalmente, tiene que ser propia. Dejar victimismos infantiles y alabanzas chabacanas a un lado, y examinarnos, un verdadero examen, donde el orgullo no tiene cabida porque no tiene ni valía ni poder. Un examen de conciencia, una pequeña meditación personal definitiva y definitoria. Y tras el examen, comprobar nuestra situación personal, ver los cambios que debemos realizar para una mejora. Comprobar, in situ, que la puesta en marcha de esos pequeños cambios personales hacen mejor el mundo. Un examen de la vida donde las críticas que realizamos a los demás a diario nos las hemos hecho a nosotros previamente. ¿Qué fundamento tiene la crítica de algo que practicamos? Dudar a cada instante de nosotros mismos, de nuestras respuestas, de nuestras acciones, de la discordancia entre nuestro discurso y nuestras acciones. Porque la vida está llena de distracciones, de automatismos, de costumbres no pensadas, de respuestas imitadas, de incoherencias que ocultamos bajo una alfombra imaginaria que nos ayuda a sentirnos mejor cuando nos miramos al espejo, pero que nos decepciona cuando alguien la levanta y nos descubre quienes somos verdaderamente. Por eso la vida a examen no es más que la ayuda para descubrirnos, para avanzar en la mejora, para curtirnos, para ser nosotros mismos y no un personaje ficticio que vendemos a los demás con sonrisas enlatadas, con problemas agrandados, con pequeñas falsededas que hemos ido transformando en realidades en nuestro oculto laboratorio del auto engaño. El examen de la vida como una ducha liberadora de impurezas, como combustible interno que nos da fuerzas para ejercer el verdadero sentido de la vida.

sábado, 13 de febrero de 2021

Cuando un día podría ser una vida

Gozando de la atemporalidad musical me encuentro, en una tarde que ha pasado de anodina a semiplacentara. Los muertos me visitan. Va a ser un san Valentín diferente, espiritual, lleno de espíritus, recuerdos danzando conmigo, deseos que se encarnan, ah, oh, ah oh, ah oh... Qué bonitos son los días normales, donde lo más que se puede resaltar son los pequeños detalles: tal vez una visión, ancestral o no, un pequeño gesto, incluso propio, por qué no. Hoy, ahora, veo que todo está en mí. Todas las maravillas y todo lo que deseo, el universo entero. Y pienso que la vida puede estar contenida en un día. Y también, que la celebración no merece solo un día, sino una vida. Todo es tan extraño, sobre todo cuando, de repente, se presenta de una forma tan clara que te abruma. Sin duda no estamos acostumbrados a la clarividencia, por lo menos yo no. Pero la recibo con humildad y la asumo con paciencia. En esta vida diaria donde un cosmos se genera en una jornada y en miles de años no pasa nada intento aprovechar el instante, aunque a veces creo que es el instante el que se aprovecha de mí. No me preocupa, es más, me hace sonreír. Voy creciendo por momentos y, a cada rato, sintiendo, no dejo de sentir ni de sentirte, y pienso que cuando un día podría ser una vida sin dudarlo yo sería tu día.

domingo, 31 de enero de 2021

Hijo de musa

Fue en una obra de teatro donde descubrí quien era. En mitad de la obra uno o varios actorres dijeron: 'hijos de musa'. Y se hizo la luz. Esas tres palabras se elevaron, perdieron su pluralidad en el camino, y, cuando brillaban como luces de neón en la oscuridad, adoptaron el singular ideal y perfecto para mí: hijo de musa. Sí, heredero de la inspiración de una diosa que como madre tenía a la memoria y, yo, algo parecido, en la memoria tengo siempre a mi madre. Vástago de una diosa, hijo de la inspiración, pero hijo vago, todo hay que decirlo. Me cuesta llevar a término la inspiración recibida o, tal vez, me sirva, casi exclusivamente, para cosas del día a día. Hijo de musa soy, no voy a ocultarlo, y además, de qué serviría. Y, por otro lado, quién va a creerme. Hijo de musa solitario, sumido en una inspiración perdida como si fuera un mundo todavía no hallado, un planeta por descubrir, una tierra ignota, donde un paraíso interno se descubre ante mí. Hijo de musa, sí, y siento la inspiración como un leve cosquilleo materno, como un disfrute eterno, como un no parar de vivir y soñar, como un sentir que vivo los sueños y que también los inspiro. Un verdadero hijo de musa.

miércoles, 23 de diciembre de 2020

Resumiendo

Otro año se acerca a su fin, pero esta vez hay cierta unanimidad: todo el mundo quiere que termine cuanto antes y poco se puede celebrar. Los primeros días del año, cuando se generan ilusiones y futuros sueños cortoplacistas, creía que en verano, cuando llegasen mis vacaciones, iba a realizar un viaje a otro continente para conocer a la persona que cambia el ritmo de mis palpitaciones, soñaba con estar entre sus brazos, con pasear y comer juntos, con hacer de todo y, a la vez, cualquier cosa o nada, simplemente estar a su lado. Pero muy pronto el año alejaría los sueños. Luego, cuando volvieran a acercarse, los haría pedazos. Las ilusiones se perderían por los miles de desagües que ha sembrado el año en todos los corazones. Y, como si fuéramos niños empezando una nueva colección, con un álbum recién estrenado, cambiaríamos cromos, en concreto yo cambiaría el viaje a otro continente por el cromo de poder dar un abrazo o un beso, algunos por tomar un café en compañía, por charlar, por darse palmadas, por intercambiar carcajadas, en definitiva, por cualquier zarandaja. Pero en este año extraño, las zarandajas nos parecen un lujo, lo anteriormente conocido como cotidiano, ahora es algo mágico, casi un milagro, las nuevas ilusiones de este año extraño y raro. Ha sido un año donde he aprendido a amar a distancia, a abrazar con la mirada, a besar con las palabras, porque por muy mal que uno, o todo, esté, siempre se aprende algo.

domingo, 13 de diciembre de 2020

A qué estás esperando

Miro fotos de personas que no conozco, intentando encontrar lo imprevisto que, en mi caso, es lo familiar, lo deseado, lo que quiero a mi lado, características que mi alma intuya no como similares sino como esenciales, rasgos que completan mi alma. No tengo claro si estoy intentando recuperar algo perdido, si estoy deshaciendo el camino para volver a algo que ya he sido. Son fotos de personas diferentes que el tiempo me está insinuando que son la misma. Tal vez lo que busco sea una persona expandida, con sus rasgos repartidos por el mundo y yo solamente intento recomponerla. Me fijo en las miradas, en las sonrisas, en la postura de unos cuerpos que se reflejan en mis retinas, que se insinúan, en gestos donde verme reflejado. Puede que busque puzzles y yo sea la pieza necesaria para completarlos, puede que solamente esté imaginando, pero hay fotos que me susurran que han estado a mi lado, no sé si en otro tiempo, en otro mundo, pero hay fotos que me dicen a qué estás esperando.

martes, 8 de diciembre de 2020

¿Creo en lo que pienso?

Es difícl conseguirlo e incluso también saberlo. Mis pensamientos suelen ser siempre más hermosos que mis acciones. Tal vez contagiados por el mundo de lo falso, por las falsas apariencias sociales, por las falsas noticias, por la política mentirosa, hayamos sucumbido a este ciclo de hiperactuación que vivimos. ¿Pero por qué pensar en lo que no se cree? Esa actitud puede que sea el preámbulo de la falsa apariencia mencionada, Construimos estructuras de pensamientos a veces tan buenos que no somos capaces de ponerlos en práctica. ¿Pero qué nos lo impide? Si soy capaz de tener unos pensamientos debería ser capaz de creer en ellos. Mis principios no pueden ser intercambiables dependiendo de la situación. Pero, a la vez, he de tener en cuenta mi propia evolución, puede que lo que ahora pienso no lo pensara ayer, pero eso no es de lo que hablo. Hablo de tener unos pensamientos y creer en ellos. Y si cambio los pensamientos también cambiarán mis creencias. Esa es la coherencia que busco, una coherencia actual, no una coherencia con los pensamientos pasados.

lunes, 7 de diciembre de 2020

Algo distinto

Hoy, caminando con el perro por las calles adyacentes a casa, como todos los días, sumergido en las rutinas de siempre, he visto algo distinto. Más que verlo lo he sentido, lo he percibido. La esencia de mí no es el yo que he construido. Durante toda la vida vamos construyendo un yo al que nos fusionamos. Pero hoy, durante unos instantes, me he salido del papel. Me he visto como algo extraño, he visto al yo como a un otro, como algo distinto. El yo era una cápsula, un recipiente, un medio de transporte, una forma de vivir en este planeta. Una construcción social, pero también superflua; una individualidad en el conjunto, pero también una forma de no volverse loco en un mundo donde todos tienen yo, donde todos son yo. Tal vez la verdadera locura sea ser todos yo. Todos con un yo que es el mismo pero cada uno siendo algo distinto. No estamos preparados para asumir algo distinto de manera permanente. Así que casi sin darme cuenta, he vuelto al yo de siempre, a la supuesta normalidad, a lo cotidiano, a lo mismo. Más tarde, durante la cena, pensaba en esos instantes diferentes, como si hubiera sido un sueño que se va olvidando a medida que pasan los minutos, elucubrando cuándo sería la siguiente oportunidad de ser algo distinto.