domingo, 4 de febrero de 2024

El centro es el alma

Hoy he leído que el centro de la persona es el alma. Y no me ha hecho falta leer más para saber que es así. La mayoría de personas estará de acuerdo con que el alma sobrevive al cuerpo, muchas religiones diferentes lo afirman, incluso algunos ateos. Si el cuerpo muere pero el alma sigue, el alma es lo más vivo de todo, lo más vivo de la persona. ¿Y qué hay en el mundo que sobreviva a la muerte siempre? El amor. Tal vez nuestra alma sea el recipiente del amor. A lo largo de la vida podemos ir llenándola de amor o dejando que se seque por mantenerla vacía. Es nuestra elección. Vamos a sufrir en la vida muchas veces, pero no es impedimento, ni mucho menos, para dejar de amar. Por eso me encamino al centro del alma de mis amigos, al centro del centro, a lo más vivo. Y deposito allí mi amor con todo el cariño, como cuando guarda su juguete preferido un niño, con delicadeza absoluta. Porque estoy dejando parte de mí en esas almas. A veces tan sólo estoy plantando una semilla y, otras, regando el amor que ya estaba, haciéndolo crecer. El amor es una energía viva y universal que hace que el peor de los mundos valga la pena. Por eso quiero abrazar tu alma antes de abrazar tu cuerpo. Y por eso siento tu amor a pesar de la distancia, porque aunque no llegue a mi cuerpo, sí alcanza mi alma.

sábado, 3 de febrero de 2024

De algún modo perduramos

Los recuerdos son las notas de la canción vital que escuchamos. A veces nos vemos haciendo lo que antes criticamos. Jamás seré como mi padre y actuamos de la mano. Esa canción que mi madre cantaba y a mí no me gustaba, ahora soy yo el que la canto. Perduramos en el pensamiento, del conocido y del extraño; en la memoria del animal; en el rayo de sol que brilla cada día en la esquina de la calle donde esperamos algo: un sonido, una señal o, tal vez, un amor soñado. Perduramos en los actos, en las luchas que se repiten, en los errores calcados. De algún modo, en esa frase que decimos y que alguien dijo antaño, vamos depositándonos como sedimentos humanos. Perduramos en los besos, en las caricias y también en los enfados. Hay una lágrima que a ti me recuerda, un gesto que hacía mi hermano, mi amigo se reía igual, mi madre cocinaba el mismo plato. en los detalles, en las palabras, en las miradas con encanto. En la forma de contar historias y en el acto de vivir amando. Perduro en tu sonrisa, en tus gemidos y en los recuerdos que estás creando, que explicaras a algún amigo, que servirán de inspiración, para una canción o para un relato. De algún modo perduramos.

El meollo

Iba caminando sin ninguna pretensión entre las mangas. Me olvidé de la prisa y no parecía tener un destino claro, sólo andaba, lentamente, parándome a veces, muchas, para contemplar nimiedades. Aún no lo sabía, pero me estaba dirigiendo al meollo. Sin saber cómo, era atraído por él. El meollo me buscaba, con sus cantos silenciosos captaba mi atención que yacía medio dormida en el fondo de mi cerebro. En realidad la vida consiste en eso, en ir hacia el meollo, buscar entendimiento, el porqué de las cosas; el sentido, los sinsentidos o el absurdo de la vida. Seguí caminando. El paseo estaba siendo largo, llevaba varias décadas andando y empezaba a notar que el meollo estaba cerca. De niño ya apuntaba maneras. Todos los niños preguntan, sienten curiosidad, pero lo mío era casi enfermizo. Un profesor, en el colegio, me dijo que no podía saberlo todo, que me relajara, y yo le contesté con un por qué que le hizo mover la cabeza de lado a lado, con ese gesto de negación que significa que no hay remedio y que desiste. Esas preguntas infantiles se juntaron en una gran pregunta adulta, en ese para qué estoy aquí, cuál es mi misión, por qué he nacido. No me había dado cuenta, pero el paseo me había llevado fuera de la ciudad. Estaba en medio de un prado, rodeado de flores y, al fondo, vi una silueta. Me dirigí hacia ella. Sentía el meollo, mis palpitaciones se aceleraron un poco. Llegué hasta la silueta que estaba junto a un árbol, de espaldas; puse la mano en su hombro, se giró hacia mí y ahí estaba el meollo, ahí estabas tú, amor mío.

viernes, 2 de febrero de 2024

Soy tu viento

Me cuelo por el hueco de tu camisa que hay en tu pecho. Surfeo entre tus pelos y doy vueltas en las rotondas de tus pezones, endureciéndolos, predisponiéndolos al goce. Soplo por tu barriga y bajo por el tobogán-trampolín de tu ombligo. Tu camisa baila como una bandera que quiere despegarse de tu cuerpo y genera un sonido similar a un aplauso lejano. Refresco tu piel con mi danza, ventolera amena que te acompaña. Soy tu viento con el único fin de encontrar tu contento. Soy tu viento y me mezclo con tu aliento, me respiras, estoy dentro, te recorro, me suspiras, somos uno en movimiento. Soy tu viento que, alegre, hace ondear tus cabellos, que te provoca sonrisas con un leve cosquilleo. Soy tu viento, me insinuo, te provoco, busco tu gemido placentero y lo hallo bailando alrededor de tu cuerpo. Cierras los ojos pero reconoces mi tacto en el acto y yo disfruto de tu amor sincero. Soy el viento que te envuelve por entero y te lleva a nuevos confines placenteros.

Nueva vida

Todos buscamos una nueva vida porque todos queremos mejorar la que tenemos, incluso cuando todo parece ir sobre ruedas. Cuando te gusta el arte, pintas, cantas o escribes, llega un momento en que te das cuenta que todo está dicho. Y es justo ahí donde buscas la nueva vida. Porque aunque esté todo dicho hay que volverlo a decir de nuevo. Los temas son siempre los mismos, las formas, si lo miras bien, salvo detalles ínfimos, también. Y puede que el arte sea sólo eso, buscar una nueva vida a lo que lleva siglos diciéndose, a lo que siempre escribimos, una nueva vida para el amor, una nueva vida para el mundo, para nosostros mismos, una nueva vida donde todo vaya mejor. Las historias de siempre contadas de otra manera, tal vez con más gracia o desparpajo, puede que con más sentimiento o más verdad, o simplemente con más amor, con un amor directo, que desconoce las distancias, que se proyecta en el universo, abarcando diferentes galaxias, pero, también, comunicándose, poro con poro, un amor cercano y lejano a la vez. La nueva vida del amor será astuta y provocativa y, como no podía ser de otra manera, también revolucionaria. Y esta nueva vida del amor será el arte. Un arte para compartir, que se expande, que va y viene, una corriente que está en el aire, que llega a cualquier hora del día o de la noche, que provoca nuestra alegría repentina, que llena el corazón de gozo. Esa es mi nueva vida.

jueves, 1 de febrero de 2024

Una melodía

Sonaba en mi cabeza, se oía de fondo, dulce, notas de piano dando pequeños saltitos, se acercaban. Me subí a una de ellas. Casi pierdo el equilibrio, pero enseguida cogí confianza y comencé a danzar sobre las notas. Daba vueltas como un derviche, sonriente, contigo en mi cabeza. Acabamos en el suelo, riéndonos, abrazados. Nos levantamos y una de las notas vino a buscarnos. Nos montamos y salimos volando como si de una alfombra mágica se tratase, pero con una de las cosas más maravillosas que tiene la vida inventada, un fondo musical constante. Íbamos de nota en nota, viajando por la melodía de nuestras vidas, perdiendo la ropa, conociendo nuestros cuerpos, saboreando nuestra elegante desnudez. Qué maravillosa es la música en tu compañía. Las notas me hacían cosquillas, o tal vez eran tus dedos, no podía asegurar nada entre tantas alegrías. Lo celebramos con un beso que se extendió como la brisa. A ambos nos dio la risa mientras la melodía seguía. Yo te llenaba de caricias y tú a mí de alegrías. Y la melodía seguía y nuestro amor aumentaba, y no me hace falta nada más que tu compañía.

Mejunje de amor

No sé cómo cayó en mis manos, creo que fue a través de una amiga. Llevas una temporada muy apagado, te hace falta una aventura, pon amor en tu vida, toma. Agarré el mejunje sin mucha convicción, toda hay que decirlo, y me lo guardé en el bolsillo. Por si las moscas, pensé o tal vez sólo fuera un eco lejano de la voz de mi conciencia. Pasaron los días y me había olvidado del mejunje por completo. Estaba trajinando con los libros cuando, sin querer, tiré la chaqueta que tenía apoyada de cualquier manera en una silla. El mejunje salió rodando, dio unas vueltas por el suelo para terminar chocando contra uno de mis pies y, después de dar varias vueltas sobre sí mismo, se paró. Perdí el hilo de lo que estaba haciendo, ya no sabía qué libro estaba buscando, agaché la cabeza y vi el mejunje, parecía que me estaba hablando, úsame, a qué esperas. Y eso hice. Abrí el tarro. Tenía un olor atractivo y embriagador. No sabía exactamente cómo usarlo, así que introduje un dedo e hice unos pequeños círculos en el mejunje para que se quedara la yema de mi dedo índice impregnada. Con el mejunje en el dedo me froté los pezones, el cuello y, cuando el dedo se quedaba limpio, volvía a untarlo en el mejunje. No notaba nada y empecé a desilusionarme. No sé por qué, volví a introducir el dedo en el mejunje y me lo llevé a la boca con intención de probarlo, de apreciar su sabor. Qué maravilla. Tal vez debería haber hecho eso desde el principio. Estaba exquisito. Una energía interior recorría mi cuerpo. Me sentía pletórico. Fui al ordenador, vi tu foto y me enamoré desde el primer momento que te vi.