domingo, 2 de agosto de 2026

Todo está relacionado

La distancia nos proporciona seguridad, el poder enfrentarnos a nuestros miedos en dos dimensiones y a través de una pantalla lo hace todo más fácil, pero no es real. Nos sentimos atrevidos, dispuestos a desnudarnos ante el mundo, a difundir la imagen que nos gustaría ser de nosotros mismos, pero que, en realidad, no somos, aunque la frecuencia y constancia en internet han contribuido al autoengaño. Las pantallas, aparentemente, destruyen la distancia, pero sin tacto, sin sabor, sin olor, sin tener que culminar lo que decimos. Cuando aparece la tercera dimensión y las personas de la pantalla están a nuestro lado, nos entra el miedo. Miedo a darnos cuenta de que no vamos a poder seguir con la apariencia, miedo a que van a descubrir la verdad, aunque insistimos en el autoengaño. Y comenzamos a postergar, a dar excusas, a creer que todo vale menos la sinceridad. Nos creemos inmortales y vamos dejando todo para otro día, pero la vida es ahora. Y ese miedo no es más que el miedo a la muerte. Hay que afrontar la muerte, hablar de ella, conversar con ella. Es necesario para poder tener una vida plena. El cóctel de rutina, autoengaño, apariencia y redes sociales es el mayor fracaso del ser humano. De nada sirven las apariencias para vivir, las excusas anulan la vida. Quedar bien con todo el mundo es imposible. No existe nadie bueno o malo, todos somos un poco de todo. En eso consiste la vida, en intentar mejorar, en amar cada día un poco más. El amor en internet, como en cualquier otra parte, solo puede funcionar con sinceridad, mostrando nuestras vulnerabilidades y dejándonos de apariencias, filtros y mentiras. La muerte está acechando constantemente, ya va siendo hora de aprender a vivir.

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